Cuestión de sonrisas
Hoy, me gustaría contarles una historia real, como tantas otras.
Les pido que hagan un esfuerzo, y se introduzcan en mi mente; empaticen conmigo.
Sean mis ojos, sientan conmigo, escuchen a través de mi herramienta lo que tengo que transmitirles, y noten como sus sentidos químico-sensoriales crean las percepciones necesarias para transportarles al mismo lugar donde se desarrolla mi historia.
En apenas doscientos metros cuadrados, se reúnen a diario, cerca de veinticinco almas atormentadas. Almas que huyeron de la selva para adentrarse en la jungla.
Durante el día, cada uno de ellos padece un suplicio azaroso; unos recogen chatarra, otros limpian portales, los que no, tal vez repartan pizzas a domicilio; pero todos ellos comparten algo, su SONRISA.
Se acerca la noche, y la piña que se ha esparcido durante la jornada solar, regresan al que todos ellos consideran su hogar: El Parque.
Sólo un valor rige esos doscientos metros cuadrados; el respeto.
Un intervalo de diez-mil-ochocientos segundos se abre paso a través de sus conexiones cerebrales, para proporcionarles una sonrisa que harán saltar lágrimas de envidia al empresario que se cruce al día siguiente con cualquiera de estos héroes. Preguntándose cómo alguien que no tenga nada (en su equívoca y materialista opinión), que cree tenerlo todo; puede resplandecer de tal forma que erice el vello a todos aquellos que intercambien con él una simple mirada.
¿Se quejan ustedes de la inmigración?, ¿piensan que no tienen nada que aportarnos?, ¿se permiten, incluso, considerarlos inferiores?
Porque si es así, han desechado mis consejos, y no han sido capaces de empatizar conmigo.
No les hablo ya de respeto, ni de humildad, les estoy hablando de SONRISAS. Aquello por lo que el supuesto ser humano se levanta cada mañana.
¿Me permiten una objeción?, ustedes no lo son.
Se han convertido en sus automóviles, se han convertido en su viviendas, se han convertido en su tecnología; han dejado de pensar, para simplemente, hacer.
Disculpen mi prepotencia, y sepan, que va cargada de hipocresía, pero si no han sido ustedes capaces de sentir lo mismo que yo, si no han llegado a comprender nada de lo que les he intentado transmitir; vengan, vengan a mi parque mental, y siéntanlo.
Sientan cómo la vergüenza juega con sus neuronas y se adueña de su sistema límbico.
Sientan los valores por los que tanto dice luchar esta sociedad hipócrita, reflejados en los seres más humanos con los que me he cruzado hasta este triste día de hoy.
Y si después de esto, son ustedes tan cínicos como para no reconocer en ellos la belleza con la que me sacudieron el día en que los conocí...
Yo no tendré nada que enseñarles.
Ustedes no tendrán nada que aprender.
Fdo: Un hipócrita